Mientras
el caminante deambula por Popayán, es frecuente, todavía, toparse con
algunos muros en ruinas que aún siguen en pie, sobre cuyos pórticos de
piedra yace abandonado el escudo familiar. Recobra, entonces, nuevo
aliento el recuerdo del terremoto del 83. Ahora, la hiedra se ensaña
trepando desde el pequeño bosque interior. Decenas de parqueaderos se
han instalado donde antes existieron hermosas casas coloniales con
patios y jardines. Su destrucción favoreció, tiempo después, al
parque automotor en desaforado crecimiento. Nuevos edificios públicos,
aunque no del todo fieles al estilo tradicional, se alzan hoy
majestuosos en el Centro Histórico, donde quedó anclada la aureola de
la vieja ciudad o, más exactamente, su mausoleo, porque otra, distinta,
crece hacia el norte.
El Centro fue el lugar de mis vivencias, antes y después del
terremoto. La vida entera, pública, económica, ciudadana, turística,
intelectual y religiosa, gravitaba en esas pocas manzanas donde se fijó
la fundación de la ciudad. Esos recuerdos de la Ciudad Blanca, que me
tocó por destino, afloran en los vaivenes de la memoria. El
terremoto, paradójicamente, constituyó una experiencia vital para mí,
no sólo como trance premortal, porque pude quedar sepultado bajo los
escombros la mañana del 31 de marzo, mientras entregaba turno en el
hotel Camino Real, sino también como afirmación personal,
porque aquí construiría mi vida, siendo bautizado con un golpe
sangrante en mi cabeza. Aun yacen vívidas las angustias de ese duelo
mortal: el sordo rugido de la tierra, como de monstruo subterráneo, el
violento sacudón que despellejaba el cielo raso amenazando tirar
abajo la construcción, los gritos confundidos en macabra sinfonía, y
afuera los techos y muros cayendo como si hubieran recibido un pesado
bombardeo. Clausuré la gran puerta de cedro, para salvarnos o morir
juntos adentro como en la leyenda de antiguos reyes, en víspera de un
viaje colectivo al más allá. En pocos días gran parte de la ciudad
quedó vacía; y el Centro Histórico entró en una larga noche oscura.
Mis sueños parecían haberse derrumbado, de vuelta otra vez al
comienzo, al pueblo de donde había partido años atrás en busca de otro
horizonte. Sin embargo, retorné, porque ya pertenecía a este cosmos
de ensueño envolvente.
El gran terremoto trajo consigo un nuevo espíritu que se aposentó en
la ciudad centenaria. Popayán tenía que levantarse de las ruinas por
tercera o cuarta vez, según constaba en los anales. Varias veces sus
cimientos fueron dislocados por la furia telúrica, casi una vez por
siglo. Algunos mitos refieren la maldición de cierto clérigo expulsado o
deshonrado. La noticia de la tragedia se esparció como luz por el
orbe. De diversas naciones llegaban aviones repletos de donaciones,
mientras los bancos tendían su onerosa mano a los damnificados. Una
cruzada mundial era el gesto mediático en favor de la destruida ciudad.
Pasado el shock, después de varios meses de apuros y sufrimientos,
con el espíritu sosegado y la resignación que sobrevive a las pérdidas,
aquellos payaneses que decidieron continuar ligados a la ciudad y
los nuevos huéspedes que la oportunidad atrajo, emprendieron la
titánica reconstrucción de la ciudad, otrora emblema colonial más
preciado de Colombia, al cual el país debía históricos servicios. No
era exagerado decir que esta fue la cuna de la nación.
Paradójicamente con el terremoto moría una ciudad simbólica para que
naciera otra, más profana, próspera y diversa, aunque para muchos
menos hidalga, poética y letrada. El sacudón telúrico removió, además,
como se comprobó en el transcurso del tiempo, el espíritu
anquilosado, fermentado como el vino de hispanidad y abolengo. Pronto
este estado de alma yacería huérfano o carecería de lugar en el nuevo
contexto, tras la diáspora de su élite tradicional en dirección a los
puntos cardinales, como judíos errantes, vinculados sólo por la
arcadia perdida, que no hallarían, sin duda, en ningún lugar de la
tierra. Aquí lo tuvieron todo: prosperidad, prestigio, poder, cultura y
un pasado glorioso que nutría su vida espiritual, social y cultural
en el quehacer de los días. La ciudad había sido como una familia
patriarcal unida por variados vínculos que otorgaban hondo sentido de
pertenencia, aún en los corazones más humildes, porque a pesar de la
pobreza material nadie se creía desheredado del don de la inteligencia
o la inspiración de las musas.
2
Tras la abundante demanda laboral una desconocida prosperidad comenzó
a aflorar, atrayendo oleadas de gente forastera. El dinero fluía,
como sangre en cuerpo joven. Atrás quedaron, también, para mí los años
de romanticismo pobre, que me habían sumergido en una enrarecida torre
de marfil, desde donde apenas podía mirar el acontecer de la vida...
(Parte del cuento Señuelo).